Francisco Pizarro
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Francisco Pizarro
     
 

La Conquista del Perú

Según la "Historia total de España" de Ricardo de la Cierva...

Cuando Carlos V regresaba en triunfo de Túnez, uno de sus capitanes de las Indias Francisco Pizarro, consolidaba para él el segundo gran Imperio que habían conquistado los españoles en el continente indiano, el imperio de los Incas en Perú, que valdría al emperador de Europa una inundación de oro y plata como jamás se había atrevido nadie a soñar. Francisco Pizarro había nacido en la ciudad extremeña de Trujillo, en una familia oscura e hidalga y según se repetía en las Indias había sido por­quero en su adolescencia. Había llegado a la Española, desde España, sólo diez años después del Descubrimiento, con la gran expedición de Ovando en 1502. Participó en las empresas de Ojeda, Enciso, Balboa y Pedrarias, que había instalado su sede para el gobierno de Centroamérica en Panamá durante el año 1519. Pizarro, que de­mostró desde el principio un valor asombroso y una superlativa inteligencia natural para la guerra (que le acaba de situar en un puesto relevante, al lado de Hernán Cortés, en la lista de los cien primeros generales de la Historia a que hemos hecho ya re­ferencia) pidió permiso a Pedrarias, que le consideraba como «mi teniente de Levan­te» para explorar en la costa del Mar del Sur, precisamente en dirección al Sur, la realidad sobre un misterioso y vastísimo imperio del que corrían cada vez más noticias fantásticas entre los españoles del Caribe, que le llamaban el Birú y pronto Perú.

 
     
 

Las informaciones sobre los éxitos de Cortés en México conmovieron a Pizarro, que formó compañía con Diego de Almagro y el clérigo Hernando Luque con el fin de acometer la empresa sin coste alguno para la Corona. Pizarro, en quien recaía el mando militar supremo, zarpó de Panamá con cien hombres y un barco en 1524.

Las dificultades de una costa inhóspita les fuerzan a volver pero no se arredran y preparan inmediatamente una segunda expedición que sale a la mar en marzo de 1526. Fondean en el río San Juan, límite entonces del mundo conocido. Nueva­mente se abaten contra ellos toda clase de dificultades y deciden fondear junto a la isla del Gallo para reponer fuerzas. La mayoría se empeña en regresar y entonces Pi­zarro traza en la arena una raya y la cruza; cuando pide al resto que le imiten, sólo los trece de la Fama deciden acompañarle. Trece hombres contra un Imperio. Es el mes de septiembre de 1527. Bartolomé Ruiz, piloto de Pizarro, regresa de un explo­ración y les recoge. Tocan en Guayaquil, puerto que ya pertenece al imperio incaico y se animan con las primeras muestras de oro. Entonces, con sus presentimientos confirmados, vuelven a Panamá para preparar una gran expedición y como encuen­tran demasiadas objeciones Francisco Pizarro decide presentarse en España para que el propio Emperador apruebe su proyecto.

 
   
 

En España Pizarro tiene un encuentro con Hernán Cortés, el gran triunfador, que ofrece a su paisano sabios consejos. Carlos V cita a Pizarro en Toledo y el audaz ex­tremeño le convence de su plan. Nada menos que la emperatriz Isabel firma las capi­tulaciones con Pizarro el 26 de julio de 1526; la Corte española estaba ya acostum­brada a los milagros. Los Trece de la Fama reciben la hidalguía y Pizarro el nombra­miento de adelantado, capitán general, gobernador y alguacil mayor del reino que va a conquistar.

Afines de enero de 1531 la expedición definitiva zarpa de Panamá con tres bar­cos, 180 soldados, tres frailes y treinta y siete caballos. Pasan el Ecuador y rescatan rico botín que invierten en traerse nuevos refuerzos de Panamá. Esperan a esos refuerzos que tardan seis meses y emprenden el camino por la costa, flanqueados por la menguada escuadrilla. Funda Pizarro la primera ciudad en San Miguel, en el año 1532 y ya dentro del territorio propiamente incaico, Tayantinsuyo, que significa «el Imperio de los cuatro puntos cardinales» se informan de que el Inca reina desde su capital, Cuzco, el «centro del mundo».
Pizarro tiene la misma suerte que Cortés; también él se encuentra con cambios recientes que amenazan la estabilidad del imperio. En Inca Huayna Capac había muerto en 1523, con su imperio acrecido por conquistas recientes no consolidadas y extendido por lo que hoy es Perú, Ecuador, Bolivia y norte de Chile. Un reino tiránico y militarizado, en que se daba extraordinaria importancia a las comunicaciones, al almacenaje escalonado de pertrechos, al sistema de intercambio de poblaciones para asegurar el dominio de la autoridad suprema, a la fabricación de textiles y a la extracción de oro y de plata para culto de los dioses (a quienes se honraba con sacrificios humanos) y ornato de la corte y la alta nobleza. Los dos hijos del Inca difunto, Huáscar y Atahualpa, pugnaban en guerra civil por el mando supremo; Huáscar desde la capital, Cuzco, Atahualpa desde Quito, al norte. Venció Atahualpa y desde 1532 reinaba en Cuzco. Cuando acababa de encerrar a su hermano se presentaron los españoles con rayos de fuego y monstruos de cuatro patas.

Como Cortés, también Pizarro se distingue por su agudo sentido de la información. Sabe que el inca Atahualpa está muy cerca de él, en Cajamarca, donde toma baños sulfurosos. Sale entonces de San Miguel al encuentro del emperador. Lleva un ejército de 156 hombres entre ellos una sección de arcabuceros, setenta jinetes y unos cuantos falconetes extraordinariamente bien manejados. Como en México cundía en Perú una profecía sobre la llegada de unos viracochas divinos, hijos del Sol, para apoderarse del reino. Atahualpa no se intimida y dispone de cuarenta mil guerreros para aniquilar a la corta hueste del capitán extremeño.

Leer más en:
"Historia total de España"
Ricardo de la Cierva
Editorial Fénix
Madrid 1997

 
   
 
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